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Cuando Saúl salió al camino y se internó por las veredas de los huertos de naranjos para alejarse de las farolas y la contaminación lumínica del pueblo, recordó que de niño iba ahí mismo a esperar la vuelta de su madre.

Ella siempre regresaba durante esos breves minutos en los que el sol se había puesto tras las montañas y en el cielo quedaba el ultimo resplandor antes de cubrirse de negro.

Con la última luz, aparecía ella. Volvía andando del trabajo en el molino y siempre traía algo para el pequeño Saúl, un puñado de almendras que la molinera había garrapiñado con azúcar… Una porción de dulce de membrillo.

Veronica, la madre de Saúl el joven, lo era también de Saulo el mayor, llamados así por una manía que le dio a la madre. “Cosas de madre soltera” decían en el pueblo.

Veronica era hermosa por dentro y por fuera. Era respetada en la comunidad porque casi todos podían haber sido los padres del Saúl y Saulo, unos porque se enamoraron platónicamente y otros porque la amaron.
Veronica era un ser casi excepcional, pues ni siquiera, las otras mujeres recelaban de ella.

Veronica nunca pidió ayuda a un hombre ni jamás reveló la identidad de los padres.

Y sin embargo Veronica tuvo toda la ayuda necesaria de las mujeres durante la gestación y el parto, además de cuidar de los saulitos mientras trabajaba…

Los hombres la trataban con escrupulosa educación y como ella se hacia ver tan poco en actos sociales muchos se preguntaban si Veronica era real.

Solo la existencia de Saúl y Saulo autentificaban que verónica era real pues tampoco se sabía muy bien de donde venia cuando siendo una niña, apareció una madrugada en la plaza del pueblo sin más propiedad que una hogaza de pan y unas ropitas envueltas en una tela anudada a su frágil espalda de seis años.

Veronica fue adoptada como un ángel que se ha extraviado en el cielo y acababa de caer en la tierra.

“Se irá, como vino. De repente” decían en el pueblo, no sin pesar.

Y así fue.

El día que echaron en falta a Veronica, no la buscaron pues sabían que era inútil.

El pueblo se organizó en silencio para acoger a Saúl y Saulo.

Años después, la noche en que Saúl salió a las veredas entre naranjos a buscar a su madre con la ultima luz, como solía hacer de niño, esa noche recordó la ultima vez que vio a su madre.

Apareció entre los naranjos con una sonrisa, cogió a su niño en brazos y le dijo “ya no puedo contigo, como ha crecido mi niño”. Y aunque lo depositó en el suelo, Saúl no soltaba la mano de su madre. ” ¿y Saulo, qué hace, está en música?”

Saúl afirma con un gesto.

“¿Y tu porque no vas? Necesitan gente para la banda”

“Yo me quedo aquí a esperarte, te lo he dicho mil veces, mama” le respondió Saúl apretando la mano de la madre.

“¿Qué dicen de mi en el pueblo?”

“Que apareciste como un ángel”

“¿Y?”

“Y que como un ángel, te iras… ¿Es eso cierto?”

“Ir, nos iremos todos antes o después ”

“No vas a responder ¿no?”

“Déjame cogerte en brazos, como cuando eras niño”

“¡Mamá!” Protestó en vano Saúl

Cuando verónica desapareció se hizo un silencio en el pueblo que dolió más que una semana de llanto, duelo y quebranto.

Saúl, sentado en la vereda del murete del huerto de naranjos con la ultima luz, aun podía verse de niño alejándose con su madre hacia el pueblo mientras ella insiste y juega a tomarlo en brazos. Un niño que protesta porque ya es mayor.

Una mujer que desapareció de madrugada dejando en la plaza del pueblo un atillo de ropa de niña y un par de hijos durmiendo en la cama.

Vicente Pérez Herrero
Ultima luz. Cuando Saúl salió al camino…
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