La vida azarosa 

  Empezó de niña como un juego; nunca pisar la raya de las baldosas y poco a poco se vio entrelazada en una tupida red de números, signos y símbolos. No podía abandonar la lectura de un libro antes de la página 48 en honor a las revoluciones de 1848 cuando caen definitivamente los gobiernos absolutistas de la restauración. Si batían las olas, tenía que ponerse de espaldas hasta averiguar con qué frecuencia matemática la ola alcanzaba la roca. Había que subir las escaleras de dos en dos, andar a la pata coja siete pasos, siete veces al día. El tomate debía partirse en seis gajos y el huevo duro en tres y transversales. Los amantes, siempre impares. Eso le obligó a que pasaran algunos años del primero al tercero porque le daba pánico el segundo; pero de tres a treinta y tres, tomó carrerilla, como las escaleras que subía de dos en dos. Los pares debían durar lo menos posible y lloró, cuando enamorada, no supo explicarle al doceavo por qué su amor era imposible. Los pares me oprimen porque parecen cerrados y no así los impares que abiertos, me animan a seguir. Cuando se dio cuenta que amaba como quien subía escaleras, se acordó de la canción Stairway to Heaven, y nunca más volvió a utilizar el ascensor. Quería recorrer la vida peldaño a peldaño. El Collar de Sal (en post producción)

 

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