Del bien y del mal

  
DEL BIEN Y DEL MAL. El final del verano era un continuo palpitar de sus aletas nasales. Olfato de cazador, mirada de nictálope. Las sombras y dudas que se cernían sobre el próximo otoño aceleraban su ansia. Su mirada se volvía inequívocamente nostálgica; camuflaje de depredador. Atrás quedaban los días agostados por la calina provocada por los agentes contaminantes y el dilema afloraba una y otra vez por estas fechas, como el hombre-lobo cuando ve que la luna llega a su esplendor.

Hacer el bien como Nazarín solo traía fracaso, egoísmo y destrucción, sin embargo el mal, generaba una reacción de altruismo y solidaridad.

“¿No resulta acaso moral e inmoral al mismo tiempo?” Le preguntó Gustav von Aschenbach la noche en la que, el azar les llevó a compartir una parte del trayecto en tren. “Durante veinte años he entregado mi arte al deleite de las masas burguesas, he embelesado sin tregua a mis lectores con mi cinismo sobre la dudosa esencia del arte hasta llegar a reducir el mundo y el alma a una especie de candor ético, aunque para conseguirlo significara reafirmarme en dirección al mal, lo prohibido y lo moralmente inadmisible”

Cuando Aschenbach se apeó en Venecia, le recordó “Ya que continúa hacia el Oriente, desvíese hasta la estación de Astapovo. Tal vez ahí, en el mismo apeadero en el que murió el conde ruso, encuentre la conexión con el dilema que expone Galdós en Nazarín, problema que en buena parte nace motivado por la excesiva devoción de Don Benito, por Tolstoi. El pacifismo radical que el conde Ruso descubrió reinterpretando a Mateo y Lucas, se nutrió en Galdós con el misticismo de San Juan de la Cruz, y el final no pudo ser otro que ese nomadismo resignado que llevará a Nazarín a su amargo fin sin haber conseguido aportar nada. Ni uno solo de sus actos buenos sirvió para cambiar un mundo profundamente cruel e injusto, es más, consiguió el efecto contrario, fatalidad esta, tan vuestra que ya sufrió Don Quijote. Yo, tal vez, me apee aquí en Venecia para morir -terminó Aschenbach- pero mi destino, buscando la belleza tampoco será muy distinto, pues haré de la palatina Venecia, una ciudad arrasada por la enfermedad y el mal. Desvíese hasta Astapovo y tal vez sabrá porqué el final de Nazarín y Tolstoi tienen mucho en común ya que ambos fracasaron por igual. Yo veré pasar la belleza muy cerca, ellos, la amargura y la impotencia; aunque paradójicamente ellos encontraron lo que buscaban, la miseria del alma humana que ya Tolstoi describiera en Resurrección, su ultima obra en la que ya no hay príncipes bienhechores como Lieven ni bellísimas condesas como Karenina, no, solo una larga agonía de cuerda de presos atados a la culpa y llevados en durísimas jornadas hasta Siberia. Yo también lo perderé todo porque la belleza, por definición, no se puede poseer, pero antes, hundiré Venecia en la enfermedad. Ya ve, lo lamento, soy Alemán.” Finalizó con una leve sonrisa.

Pero Aschenbach nunca llegó al Hotel Lido donde tenia reservada una suite.

Mediante una artimaña de mujer, consiguió que volviera al compartimento del coche cama y allí, lo estranguló.

El Oriente Express, tras una larga parada para reponer provisiones, prosiguió hacia Estambul y esa misma noche, arrojó el cadáver cuando atravesaban un profundo desfiladero. Nadie echaría de menos a un pasajero que no estaba registrado; así que se arregló para la cena. Enfrente tenía a un caballero germano, un escritor de finas maneras al que le regaló la historia de Aschenbach, sus planes en Venecia, su profunda sensibilidad artística. Tan solo omitió los desagradables detalles del acto final.

Tentada estuvo de acabar también con él, un tal Thomas cuyo apellido había olvidado, pero se dijo, -El ansia puede esperar y además alguien tiene que perpetuar la profunda erudición de Gustav, ya que yo, no suelo hablar de mis finados. Yo, me limito a viajar en tren tras un larguísimo y tedioso verano.

LA VIDA AZAROSA. Copyright.

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