Mi vecino en Evora es can con el corazón roto que se pasa el día esperando la vuelta de ella. Dice la leyenda que su dueño, oculto tras la cortina azul, ha perdido la esperanza; pero el perro, no. Era y sigue siendo, el mejor amigo de ella. (La perrita que enamoró a nuestro can, de corazón partido)

LA CAJA TONTA. Mi madre siempre se negó a que hubiera una tele en casa. Era su territorio y no había nada que discutir. Crecimos sin tele. Cuando en el cole, los compañeros comentaban los telefilmes, yo escuchaba, hilaba tramas y por aquello de no aislarme, intervenía en la conversación como si hubiese visto el episodio. Alguna vez incluso predije un final. No había ningún misterio, ya que los guionistas repetirán la estructura narrativa hasta la saciedad. O sea, crecí con Bonanza casi sin verla. Era cuestión de imaginación y nada más.

Ya era mayorcito, cuando mi padre trajo de uno de sus viajes vía Canarias, dos cajas iguales. Una contenía langostas que fueron inmediatamente al puchero, la otra una tele portátil cuya pantalla no media más de un palmo.

Mi madre seguramente se arrepintió de no haberla cocido y arrojado a la basura por incomestible. “Les dije en aduanas que eran langostas”. Una trampa tonta para ahorrarse unas pesetas. Mi madre callaba y desaprobaba con un levisimo gesto el hecho de que su marido, con un cargo de altísima responsabilidad, hiciera esas chiquilladas.

Mi madre desterró la tele a un cuarto auxiliar y frente a ella, nos apiñábamos los cuatro hermanos tratando de ver algo en su diminuta pantalla. Recuerdo a mi madre escuchando música y leyendo. Ella en su territorio. La caja tonta había conseguido segregarnos, pero poco a poco fuimos regresando al salón con ella. La caja tonta era simplemente tonta y nada más.

Pero un día, me enganché viendo una película muda del expresionismo alemán. NOSFERATU de Murnau y me quedé fascinado.

Entonces estudiaba para ingeniero de caminos como mi padre. 

Pues bien, se torcieron los caminos, me enteré que había una Filmoteca, y que en la caja tonta emitían Sombras Recobradas, un riguroso programa dedicado al cine mudo. Yo quería expresar cosas sin palabras y la poderosa imagen del expresionismo me tenía abducido.

Lo siguiente, fue el disgusto de mi padre. Una bronca que aguanté refugiado en la mirada siempre atenta y callada de mi madre pues ejercía una autoridad discreta e indiscutible. Nunca la vi reñir ni castigar a ninguno de sus hijos. No daba consejos, no imponía caminos. Mi padre, todo lo contrario, echaba chispas. “Bueno y eso del cine ¿cómo se hace?” Me preguntó mi madre mientras cambiaba el disco de los Nocturnos de Chopin y dejaba una marca en Madame Bovary. Aún me lo pregunto yo.