Rodando en la magnífica biblioteca privada de un santo varón valenciano del siglo XVI, descubro que el insigne personaje, elevado al parnaso por sus obras y conducta, tenía debilidad por el arte romano y su afición le llevó a atesorar una notable colección de bustos de mármol de la Hispánia Romana.

El detalle o curiosidad de dicha colección radica en que dicho santo varón -cuyo nombre me reservo- llegó a la conclusión de que en su gabinete no era muy edificante esta serie de divinidades paganas -mas aún cuando estaba sumido en plena campaña por un mayor estudio dela teología- por lo que decidió que las figuras fuesen degolladas y de esta forma, en sus cuellos pintaron las señales del cuchillo y las marcas de la sangre.

Ignoro si con ello quería expresar el merecido destino de cualquier pagano o si les había dado una nueva identidad al convertirlos en mártires del cristianismo degollados por abrazar la fe verdadera y el único Dios.

Sea cual sea la verdad, lo cierto es que la imagen solitaria del Santo patriarca de los valencianos, estudiando en su envidiable biblioteca rodeado de mártires o impios ajusticiados, perturba y estremece. Más aún cuando, nombrado virrey de València por Felipe III, acabó con el bandidaje y la corrupción e influyó en el decreto de expulsión de los moriscos. Un día debería buscar algún estudio que se ocupase de la relación de la decadencia del esplendor cultural humanista y comercial de Valencia con la expulsión de judíos y moriscos y la pérdida del contacto con esos reinos de oriente. Uno de los principales financieros del viaje de Colon, fue un judío valenciano y Felipe II encargó a expertos moriscos y hebreo/valencianos la búsqueda por todo el mundo de los libros de materias ocultas y prohibidas para su futura biblioteca de El Escorial, aparte de figuras como Luis Vives, etc..