Silvia siempre ocupaba la misma mesa del bar. Observaba la gente y no hablaba con nadie hasta que un desconocido se sentaba frente a ella. Entonces Silvia enhebraba un tema con otro y no paraba de hablar hasta que al amanecer se despertaba sola en su casa, los pantalones en los tobillos y una nota en el viejo sofá. Había bajado a por tabaco o a cambiar el ticket del parking.

“Como no recuerdo ni su nombre ni tengo su móvil, volveré al bar y si me quiere, ahí me encontrará”. Silvia tenía memoria de pez.

Y así, la sirena Silvia hilaba un hombre tras otro, como se hilan las perlas de un collar, aunque para Silvia, con su limitada memoria, todos eran uno. O sea, todos eran igual de canallas.

Una mañana Silvia se despertó bajo la atenta mirada de un hombre de aspecto rudo. Un hombre de brazos corpulentos que bien podía estrangularla en cuestión de minutos. Pero la mirada tosca y profunda del hombre parecía vencida ante la ingenuidad de la chica.

-¿Sabes apilar manzanas?. Le preguntó.

-Si no me pides una torre muy alta…

-Tengo un puesto de frutas en el mercado central. Está amaneciendo y debo abrir. Si vienes ahora conmigo, seré tu hombre y tu, mi mujer.

-¿Y si se me caen?

-Te enseñaré.

-Pues contigo iré.

Fueron felices y con las manzanas que no vendieron, hicieron sidra, se emborracharon y tuvieron un hijo por cada cosecha.

Cuando Silvia murió, el hombre y su media docena de hijos levantaron un huerto con media docena de manzanos. Al cabo de un año, el viudo plantó una encina con un rotulo que decía,”De aquí no me muevo”. A lo pocos meses, lo enterraron a él. EL COLLAR DE SAL. Copyright