Cuenta H. G. Wells que un amigo le comenta a otro: todos los días paso por la puerta de un jardín abandonado y todos los días presiento que tras esa puerta está el fin de mis angustias, mi felicidad; pero tengo miedo de traspasar la puerta y comprobar que no hay nada, más que maleza.

Todos los días su amigo le repetía su duda. Cada vez que paso, siento que tras la puerta se esconde mi felicidad.

Un día el amigo ni llegó a la cita diaria. 

Pasaron las jornadas y el amigo seguía sin aparecer.

El hombre fue hasta la puerta y se dijo, si mi amigo ha encontrado la felicidad, yo también.  A punto  estuvo de traspasarla, pero renunció y se fue: No quiero ver a mi amigo muerto entre la maleza, no podría soportar que mi amigo no ha encontrado la felicidad.

Perdón por este resumen de tan profundo cuento que recomiendo vivamente. Espero haber creado interés y debate.

Todos tenemos una puerta que da a un jardín abandonado.

  
DEL BIEN Y DEL MAL. El final del verano era un continuo palpitar de sus aletas nasales. Olfato de cazador, mirada de nictálope. Las sombras y dudas que se cernían sobre el próximo otoño aceleraban su ansia. Su mirada se volvía inequívocamente nostálgica; camuflaje de depredador. Atrás quedaban los días agostados por la calina provocada por los agentes contaminantes y el dilema afloraba una y otra vez por estas fechas, como el hombre-lobo cuando ve que la luna llega a su esplendor.

Hacer el bien como Nazarín solo traía fracaso, egoísmo y destrucción, sin embargo el mal, generaba una reacción de altruismo y solidaridad.

“¿No resulta acaso moral e inmoral al mismo tiempo?” Le preguntó Gustav von Aschenbach la noche en la que, el azar les llevó a compartir una parte del trayecto en tren. “Durante veinte años he entregado mi arte al deleite de las masas burguesas, he embelesado sin tregua a mis lectores con mi cinismo sobre la dudosa esencia del arte hasta llegar a reducir el mundo y el alma a una especie de candor ético, aunque para conseguirlo significara reafirmarme en dirección al mal, lo prohibido y lo moralmente inadmisible”

Cuando Aschenbach se apeó en Venecia, le recordó “Ya que continúa hacia el Oriente, desvíese hasta la estación de Astapovo. Tal vez ahí, en el mismo apeadero en el que murió el conde ruso, encuentre la conexión con el dilema que expone Galdós en Nazarín, problema que en buena parte nace motivado por la excesiva devoción de Don Benito, por Tolstoi. El pacifismo radical que el conde Ruso descubrió reinterpretando a Mateo y Lucas, se nutrió en Galdós con el misticismo de San Juan de la Cruz, y el final no pudo ser otro que ese nomadismo resignado que llevará a Nazarín a su amargo fin sin haber conseguido aportar nada. Ni uno solo de sus actos buenos sirvió para cambiar un mundo profundamente cruel e injusto, es más, consiguió el efecto contrario, fatalidad esta, tan vuestra que ya sufrió Don Quijote. Yo, tal vez, me apee aquí en Venecia para morir -terminó Aschenbach- pero mi destino, buscando la belleza tampoco será muy distinto, pues haré de la palatina Venecia, una ciudad arrasada por la enfermedad y el mal. Desvíese hasta Astapovo y tal vez sabrá porqué el final de Nazarín y Tolstoi tienen mucho en común ya que ambos fracasaron por igual. Yo veré pasar la belleza muy cerca, ellos, la amargura y la impotencia; aunque paradójicamente ellos encontraron lo que buscaban, la miseria del alma humana que ya Tolstoi describiera en Resurrección, su ultima obra en la que ya no hay príncipes bienhechores como Lieven ni bellísimas condesas como Karenina, no, solo una larga agonía de cuerda de presos atados a la culpa y llevados en durísimas jornadas hasta Siberia. Yo también lo perderé todo porque la belleza, por definición, no se puede poseer, pero antes, hundiré Venecia en la enfermedad. Ya ve, lo lamento, soy Alemán.” Finalizó con una leve sonrisa.

Pero Aschenbach nunca llegó al Hotel Lido donde tenia reservada una suite.

Mediante una artimaña de mujer, consiguió que volviera al compartimento del coche cama y allí, lo estranguló.

El Oriente Express, tras una larga parada para reponer provisiones, prosiguió hacia Estambul y esa misma noche, arrojó el cadáver cuando atravesaban un profundo desfiladero. Nadie echaría de menos a un pasajero que no estaba registrado; así que se arregló para la cena. Enfrente tenía a un caballero germano, un escritor de finas maneras al que le regaló la historia de Aschenbach, sus planes en Venecia, su profunda sensibilidad artística. Tan solo omitió los desagradables detalles del acto final.

Tentada estuvo de acabar también con él, un tal Thomas cuyo apellido había olvidado, pero se dijo, -El ansia puede esperar y además alguien tiene que perpetuar la profunda erudición de Gustav, ya que yo, no suelo hablar de mis finados. Yo, me limito a viajar en tren tras un larguísimo y tedioso verano.

LA VIDA AZAROSA. Copyright.

  

DE LO BELLO Y LO SUBLIME. Si Kant establece que lo bello reside en la naturaleza y lo sublime en los sentimientos. La belleza es un objeto inmutable un valor indiscutible, y lo sublime pertenece a la imaginación y por tanto depende de la razón. La razón, sostiene Kant, puede hacer sublime lo que la imaginación ni siquiera ve.

Todo empezó cuando Patricia, siendo un bebe, era fotografiada por sus padres correteando desnuda en las playas. Tan solo llevaba un gorrito para protegerla del sol. 

Sus padres, naturistas, retrataron su desnudez año tras año.

Al cumplir los treinta y largos años, Patricia revisó su álbum.

-Bueno, fea no soy, se puede decir que poseo cierta belleza, pero dudo mucho que sea sublime… ¿Qué puedo hacer?

Patricia recordó el cuento de la reina obsesionada por ser la mas bella y adoptó cierta precaución. Los cuentos estan más cerca de nosotros de lo que pensamos, así que cuidado Patricia, se dijo.

Al doblar la edad, Patricia mostró a un amigo, setenta años de un cuerpo que había envejecido bastante bien.

-¿Crees que alguna vez llegue a ser sublime? Le preguntó

-Creo que si, porque el paisaje y los edificios que apenas se ven, parecen hermosos.

Al principio, Patricia se lo tomo a mal. 

-Vete a la mierda, cabronazo. Setenta años arruinados por tu comentario. No eras más que el agregado de la cátedra de filosofía cuando tu clase sobre Kant y lo sublime me enamoró de ti y ahora, ahora, después de una vida contigo, me sales con esto, !hijo puta¡. Casi nos cortan el cuello cuando en Estambul me retrataste desnuda con la cúpula de Santa Sofia al fondo y el lío que montaste en Londres con San Pablo… Belleza, belleza… Por supuesto que San Pablo y Santa Sofia son bellas, para saber eso no hacia falta jugarse el tipo.

-No entiendes lo que te quiero decir. Claro que son bellas pero solo han sido sublimes en tu desnudez

-Repite eso en tu campus si te atreves.

-Lo he sostenido desde el primer día. Lo sublime pertenece a la razón y la razón, quebrada o no, a los sentimientos. Yo solo soy García, el que lo dice es Kant y a ese le hacen más caso que a mi. 

-Idiota si me enamoré de ti

-De Kant

-!Los cojones¡. De ti, Kant era una excusa.

-¿Y me lo dice ahora? Siempre odié a Kant, pero como te ponía… Hume, Hume es mucho más interesante.

-¿Hume? Hume que liga el conocimiento a la experiencia sensible y llevamos 40 años con Kant y lo sublime. !Amo Hume¡ Puede decirse que toda la vida te he sido infiel con Hume…

-Experiencia sensible eres tu, mi vida.

EL COLLAR DE SAL. copyright

  
Silvia siempre ocupaba la misma mesa del bar. Observaba la gente y no hablaba con nadie hasta que un desconocido se sentaba frente a ella. Entonces Silvia enhebraba un tema con otro y no paraba de hablar hasta que al amanecer se despertaba sola en su casa, los pantalones en los tobillos y una nota en el viejo sofá. Había bajado a por tabaco o a cambiar el ticket del parking.

“Como no recuerdo ni su nombre ni tengo su móvil, volveré al bar y si me quiere, ahí me encontrará”. Silvia tenía memoria de pez.

Y así, la sirena Silvia hilaba un hombre tras otro, como se hilan las perlas de un collar, aunque para Silvia, con su limitada memoria, todos eran uno. O sea, todos eran igual de canallas.

Una mañana Silvia se despertó bajo la atenta mirada de un hombre de aspecto rudo. Un hombre de brazos corpulentos que bien podía estrangularla en cuestión de minutos. Pero la mirada tosca y profunda del hombre parecía vencida ante la ingenuidad de la chica.

-¿Sabes apilar manzanas?. Le preguntó.

-Si no me pides una torre muy alta…

-Tengo un puesto de frutas en el mercado central. Está amaneciendo y debo abrir. Si vienes ahora conmigo, seré tu hombre y tu, mi mujer.

-¿Y si se me caen?

-Te enseñaré.

-Pues contigo iré.

Fueron felices y con las manzanas que no vendieron, hicieron sidra, se emborracharon y tuvieron un hijo por cada cosecha.

Cuando Silvia murió, el hombre y su media docena de hijos levantaron un huerto con media docena de manzanos. Al cabo de un año, el viudo plantó una encina con un rotulo que decía,”De aquí no me muevo”. A lo pocos meses, lo enterraron a él. EL COLLAR DE SAL. Copyright

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Cuando Saúl salió al camino y se internó por las veredas de los huertos de naranjos para alejarse de las farolas y la contaminación lumínica del pueblo, recordó que de niño iba ahí mismo a esperar la vuelta de su madre.

Ella siempre regresaba durante esos breves minutos en los que el sol se había puesto tras las montañas y en el cielo quedaba el ultimo resplandor antes de cubrirse de negro.

Con la última luz, aparecía ella. Volvía andando del trabajo en el molino y siempre traía algo para el pequeño Saúl, un puñado de almendras que la molinera había garrapiñado con azúcar… Una porción de dulce de membrillo.

Veronica, la madre de Saúl el joven, lo era también de Saulo el mayor, llamados así por una manía que le dio a la madre. “Cosas de madre soltera” decían en el pueblo.

Veronica era hermosa por dentro y por fuera. Era respetada en la comunidad porque casi todos podían haber sido los padres del Saúl y Saulo, unos porque se enamoraron platónicamente y otros porque la amaron.
Veronica era un ser casi excepcional, pues ni siquiera, las otras mujeres recelaban de ella.

Veronica nunca pidió ayuda a un hombre ni jamás reveló la identidad de los padres.

Y sin embargo Veronica tuvo toda la ayuda necesaria de las mujeres durante la gestación y el parto, además de cuidar de los saulitos mientras trabajaba…

Los hombres la trataban con escrupulosa educación y como ella se hacia ver tan poco en actos sociales muchos se preguntaban si Veronica era real.

Solo la existencia de Saúl y Saulo autentificaban que verónica era real pues tampoco se sabía muy bien de donde venia cuando siendo una niña, apareció una madrugada en la plaza del pueblo sin más propiedad que una hogaza de pan y unas ropitas envueltas en una tela anudada a su frágil espalda de seis años.

Veronica fue adoptada como un ángel que se ha extraviado en el cielo y acababa de caer en la tierra.

“Se irá, como vino. De repente” decían en el pueblo, no sin pesar.

Y así fue.

El día que echaron en falta a Veronica, no la buscaron pues sabían que era inútil.

El pueblo se organizó en silencio para acoger a Saúl y Saulo.

Años después, la noche en que Saúl salió a las veredas entre naranjos a buscar a su madre con la ultima luz, como solía hacer de niño, esa noche recordó la ultima vez que vio a su madre.

Apareció entre los naranjos con una sonrisa, cogió a su niño en brazos y le dijo “ya no puedo contigo, como ha crecido mi niño”. Y aunque lo depositó en el suelo, Saúl no soltaba la mano de su madre. ” ¿y Saulo, qué hace, está en música?”

Saúl afirma con un gesto.

“¿Y tu porque no vas? Necesitan gente para la banda”

“Yo me quedo aquí a esperarte, te lo he dicho mil veces, mama” le respondió Saúl apretando la mano de la madre.

“¿Qué dicen de mi en el pueblo?”

“Que apareciste como un ángel”

“¿Y?”

“Y que como un ángel, te iras… ¿Es eso cierto?”

“Ir, nos iremos todos antes o después ”

“No vas a responder ¿no?”

“Déjame cogerte en brazos, como cuando eras niño”

“¡Mamá!” Protestó en vano Saúl

Cuando verónica desapareció se hizo un silencio en el pueblo que dolió más que una semana de llanto, duelo y quebranto.

Saúl, sentado en la vereda del murete del huerto de naranjos con la ultima luz, aun podía verse de niño alejándose con su madre hacia el pueblo mientras ella insiste y juega a tomarlo en brazos. Un niño que protesta porque ya es mayor.

Una mujer que desapareció de madrugada dejando en la plaza del pueblo un atillo de ropa de niña y un par de hijos durmiendo en la cama.

Vicente Pérez Herrero
Ultima luz. Cuando Saúl salió al camino…
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El hombre que pesaba el almaMED

Cada mañana, el hombrecillo llega con su báscula de baño y se sienta cerca del monumento del Gateaway de Mumbai levantado por los ingleses para recibir a sus monarcas.

La misma Puerta de la India por donde desfilaron las ultimas tropas británicas.

Cada jornada, cientos de familias y parejas, acuden desde las aldeas  a  retratarse por fotógrafos callejeros que ahí mismo imprimen las fotografías digitales mientras niños y adultos comen helados.

Retrato de hombre y mujeres al fondo

Familia y polos Copy JPG Copyrighted med resol - Version 2

 

Cada día se teme a la leyenda que dice que el alma tiende a escaparse a cada foto, y cada día, al finalizar la sesión de retratos, los más supersticiosos, se acercan a la báscula del hombrecillo, pues  también dice la leyenda que  solamente el hombrecillo sabe pesar el alma.

“No te preocupes -suele decir al terminar- tu alma, sigue contigo”  y aceptaba una moneda.

https://vimeo.com/109527886