Uno lee, otro espera, otro fuma, otro mira, y otro, ni mira. La vida está enfrente o hace tiempo que ha pasado de largo. Solos, los hombre solos tienen algo de Western, de esos personajes inmensos de John Ford, grandes en sus derrotas, ingenuos, asustados, valientes, y crepusculares como John Wayne en el dintel de la puerta de “The Searches” (Centauros del Desierto ) o ese otro que ya enajenado de tanta  batalla solo quiere sentarse en su mecedora con su pipa.


Autorretrato de Jacobino obsesionado con la entropía (tendencia natural a la pérdida del orden en un sistema). Lo que construye el lado derecho, lo destruye el lado izquierdo y vuelta a empezar. Creación, entropía, caos (el centro -donde perdurarían las emociones construidas-, no existe, tan solo es un concepto, una línea divisoria entre ambos hemisferios) y por esa razón ( para combatir la tendencia natural a la destrucción:entropía) las formas son simétricas, también las emociones (aunque el amor, amistad, etc…se hayan visto destruidos – entropía-, volvemos a intentarlo, con iguales pautas, con otra persona: o sea, fracaso garantizado. Teoría del,) . En los salones del Gran Hotel (no recuerdo su nombre) de Lima, Perú.

  
Silvia siempre ocupaba la misma mesa del bar. Observaba la gente y no hablaba con nadie hasta que un desconocido se sentaba frente a ella. Entonces Silvia enhebraba un tema con otro y no paraba de hablar hasta que al amanecer se despertaba sola en su casa, los pantalones en los tobillos y una nota en el viejo sofá. Había bajado a por tabaco o a cambiar el ticket del parking.

“Como no recuerdo ni su nombre ni tengo su móvil, volveré al bar y si me quiere, ahí me encontrará”. Silvia tenía memoria de pez.

Y así, la sirena Silvia hilaba un hombre tras otro, como se hilan las perlas de un collar, aunque para Silvia, con su limitada memoria, todos eran uno. O sea, todos eran igual de canallas.

Una mañana Silvia se despertó bajo la atenta mirada de un hombre de aspecto rudo. Un hombre de brazos corpulentos que bien podía estrangularla en cuestión de minutos. Pero la mirada tosca y profunda del hombre parecía vencida ante la ingenuidad de la chica.

-¿Sabes apilar manzanas?. Le preguntó.

-Si no me pides una torre muy alta…

-Tengo un puesto de frutas en el mercado central. Está amaneciendo y debo abrir. Si vienes ahora conmigo, seré tu hombre y tu, mi mujer.

-¿Y si se me caen?

-Te enseñaré.

-Pues contigo iré.

Fueron felices y con las manzanas que no vendieron, hicieron sidra, se emborracharon y tuvieron un hijo por cada cosecha.

Cuando Silvia murió, el hombre y su media docena de hijos levantaron un huerto con media docena de manzanos. Al cabo de un año, el viudo plantó una encina con un rotulo que decía,”De aquí no me muevo”. A lo pocos meses, lo enterraron a él. EL COLLAR DE SAL. Copyright

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Silvia tenía tanto miedo a la soledad que se iba con el primero que pillaba. A la mañana siguiente le preguntaba sí tenía novia, mujer, hijos, quería saber cual era su música preferida, su lectura,  películas, comidas… Invariablemente los hombres solían enmudecer o huir con la excusa de ir a por tabaco. Silvia era un trozo de pan sin corteza, hasta que un día…